- Según el colectivo ecologista, los datos son absolutamente claros y rotundos, y los grandes incendios recientes lo están ratificando. La inmensa mayoría de los incendios tienen causas humanas, y por lo tanto se pueden y se deben evitar. Sin embargo, administraciones y técnicos forestales se niegan a actuar con contundencia para evitar estos incendios, y así vienen fracasando durante décadas, año tras año, hasta el desastre final.
Las administraciones siguen equivocándose una vez más y dedican la mayor parte de las inversiones y los esfuerzos de prevención a medidas y actuaciones que no evitan ni un sólo incendio ni los han evitado jamás, y por lo tanto no pueden denominarse preventivas. Seguir denominándolas así es una falsedad y un fraude. Dedican sus esfuerzos a eliminar vegetación y abrir dudosos cortafuegos y falsas limpiezas. Centran sus esfuerzos “a posteriori”, cuando ya ha fracasado la prevención y confían ciega y falsamente en medidas para intentar detener un fuego que debería haberse impedido y no se ha hecho, por desidia y desinterés, por una falta de eficacia en la prevención que resulta culpable. Así que, ya tarde, se lucha de manera heroica contra un fuego que ya corre sin control, que ya ha causado graves daños, y cuando dominarlo o extinguirlo es enormemente difícil y solo se consigue muy tarde, demasiado tarde.
La administración llama “prevención” a esas medidas de presunta actuación “a posteriori” que no evitan fuegos y que, en condiciones extremas como las que vivimos actualmente, fracasan también en detener y controlar al fuego. Esa estrategia, que es la misma que se heredó del Icona franquista, es la estrategia para el desastre, que ahora estamos constatando. Eliminar vegetación no evita un solo incendio y ayuda a degradar y hacer más inflamables y menos resilientes a los bosques, además de suponer una grave merma de los vitales servicios gratuitos que nos aportan los ecosistemas forestales, mucho más valiosos que cualquier explotación de los mismos. Como estamos comprobando repetidamente estos días, el fuego atraviesa toda clase de terrenos a gran velocidad, bosques gestionados o sin gestionar, densos o aclarados, matorrales altos o bajos, herbazales secos o no tan secos, cultivos abandonados y en activo, incluso arrasan zonas semidesérticas donde eliminar vegetación significa avanzar deprisa hacia el desierto.
Los fuegos se originan y se propagan por todo tipo de superficies y saltan ríos, barrancos, carreteras, cortafuegos, cultivos y pastizales a enorme velocidad, aún en zonas con poca vegetación. Muchas veces, la mayoría de las veces, se originan por imprudencias humanas y accidentes, o por incumplimientos flagrantes de malas e insuficientes regulaciones, y por malos o inexistentes sistemas de vigilancia y disuasión, por trabajos inadecuados, maquinaria o instalaciones eléctricas en mal estado, etc. En zonas agrícolas, periferias urbanas o de urbanizaciones, márgenes de carreteras, y toda clase de zonas desarboladas y después llegan a los bosques, a las casas y donde sea.
Negar los hechos, no actuar contra las causas del problema, no centrar la prevención en evitar las acciones humanas que causan los fuegos, y actuar siempre tarde, cuando el fuego ya está fuera de control, es lo que está causando los desastres actuales y los que vienen sucediendo hace décadas. Se ha de tener claro que con el cambio climático y con las condiciones meteorológicas extremas que implica, que cada vez serán más intensas y frecuentes, cualquier incendio, por pequeño que sea, por estúpida que sea la causa, lo absurdo que sea el accidente… si no se impide, cualquier fuego, se origine dónde, cuándo y cómo sea, puede convertirse en un gran incendio, en un megaincendio. Todo lo que sea no impedir esas causas humanas es actuar tarde, actuar mal y ser responsable de graves daños ambientales, económicos y sociales, incluyendo vidas humanas. Las administraciones y los técnicos forestales tienen en sus manos los medios materiales, legales, organizativos y de planificación para evitar el 80% de los incendios. Las causas concretas se conocen, figuran en las estadísticas, se conoce su incidencia por regiones, comarcas y municipios, según tipologías y épocas del año. Se podrían evitar si existiera voluntad política, si se prioriza la prevención y no sólo la contención y las falsas barreras para el fuego. Pero no se llega a usar ni el 10% de los presupuestos que figuran en los planes de prevención para la única prevención real, que es evitar los incendios.
Si no se dedican estrategias potentes, bien planificadas y dotadas económicamente, está claro que se fracasará en la prevención. Las administraciones y los técnicos encargados de la prevención y responsables de su fracaso por desatención al control de las causas, tienen que rendir cuentas por los desastres y por la ineficacia de las obsoletas estrategias actuales de lucha contra el fuego, centradas en base a medidas a posteriori.
Urge cambiar de estrategia y asumir responsabilidades. Ya se pueden construir cortafuegos, eliminar vegetación (con el absurdo nombre de limpieza) y poner barreras al fuego, que mientras no evitemos todos los fuegos que podemos evitar (el 80%), tendremos incendios graves y cada vez más destructivos e imparables. El desastre está servido. Pero tiene responsables.
Comisión Forestal de Acció Ecologista-Agró.
